El reflejo violento que sentimos cuando vemos algo muy tierno nos serviría para no sucumbir por completo.

¿Qué dice la noticia?

El reflejo violento que sentimos cuando vemos algo muy tierno nos serviría para no sucumbir por completo.

¿Cómo lo supieron?                                                                                                                                                              El primer estudio que identificó el fenómeno conocido como «cute agression» (violencia tierna, ponele) consistió en pedirle a 109 personas que sostuvieran un pedazo de «bubble wrap» (ese papel de embalar con burbujitas de plástico que no se fabrica más) mientras miraban una serie de imágenes de animales con expresiones graciosas, neutras o tiernas. Si bien se esperaba un ligero aumento en la explosión de burbujas al ver a los animales tiernos, los resultados fueron más que contundentes; al bubble wrap lo hicieron mierda.
El efecto comprobó ser mayor cuando el animal no está al alcance en la realidad y trasladarse a los bebés, que cuanto más chiquitos y tiernos son, más generan esta sensación positiva (la gente dice que le dan ganas de cuidarlos) y la cosa agresiva (le quieren apretar fuerte los cachetes).
En el último estudio, varios cientos de participantes respondieron una serie de preguntas sobre expresiones dimórficas (esta cosa de los dos aspectos en la que cae la «cute agression», pero también las lágrimas de alegría). Por ejemplo, tenían que consignar si cuando veían cosas tiernas «apretaban las manos en forma de puño». Con esto, los investigadores hicieron una escala numérica de expresiones dimórficas.
Después hicieron el test de las fotos de bebés, que de nuevo mostró que los más chiquitos producían las reacciones más violentas. Luego los participantes resolvieron un acertijo que nada que ver con bebés e hicieron el test de los bebés otra vez. Aunque el efecto se mantuvo, los más cebados en el primero fueron también los que más rápidamente bajaron las emociones positivas en la segunda prueba. Algo así como que los que al principio tuvieron una respuesta más agresiva pudieron regular más rápido la felicidad que les produjeron las imágenes.


¿En qué avanza el estudio?
Estos resultados además de confirmar que algo que nos gusta mucho nos produce también una sensación violenta, indicarían que esto podría servir para regular la intensidad de ese placer. Lo que llama la atención es por qué podríamos querer parar una explosión de felicidad.
Los investigadores sugieren que la emoción negativa contiene a la persona para asegurar su bienestar. En definitiva, cualquier pico de emociones es un uso considerable de la energía del cerebro, así que adaptativamente nos podría servir para que no sucumbamos totalmente a las emociones.


¿Para qué sirve?
Para que la próxima vez que quieras aplastar a un cachorrito o tengas ganas de morderle la cara a un amante joven que evidencia su edad en las conversaciones no te preocupes, es tu cerebro tratando de no implotar.

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