Divulgatroll científico

El debate acerca del rol y la calidad de la divulgación científica se recicla. Cada tanto, la opinión pública se enardece en una suerte de dicotomía entre «la ciencia no se mancha» – posición que señala que las simplificaciones de los productos orientados a todo público distorsionan el imaginario popular sobre una disciplina y llevan a conclusiones erradas – y «el fin justifica los medios» – su análoga antagónica, que señala que dichos atajos retóricos capturan el interés de las personas por un área de conocimiento y que con eso basta para considerarlos valiosos. Ambas posturas coinciden en algo: consideran que los contenidos para público masivo son producciones de menor calidad, algo que se consume cuando no se puede acceder a papers, tesis y revistas especializadas.

La divulgación científica, práctica que por lo general es la que suscita los debates, no es la única que intenta popularizar el conocimiento formal. Otras disciplinas, como el periodismo científico y la comunicación pública de la ciencia también lo hacen. La divulgación es tal vez la que más se nos viene a la cabeza cuando pensamos en este tipo de contenidos. Consiste en un trabajo casi de traducción del lenguaje propio de un área de investigación al lenguaje coloquial. Su objetivo, tal como el del periodismo científico, es informar. Las diferencias básicas son que, en el primer caso, los periodistas no manipulan las fuentes sino que las reportan y que, en general, trabajan con novedades para transformar los hechos científicos en noticias. En el caso de la divulgación, suele tratarse de personas que ejercen o ejercieron una profesión científica y dan a conocer algo así como el estado del arte de una cuestión.

Si bien el término divulgación se usa poco entre los propios divulgadores, pues supone la existencia de un vulgo y cimenta conceptualizaciones como «bajar la información» que suponen que la ciencia tiene un estadio superior, la realidad es que la mayoría de quienes señalan estas cosas hacen divulgación. Productos explicativos que tienen por objetivo generar interés en una disciplina y que no cuestionan o interpelan el conocimiento que ella ha producido. Y aquí aparece la que, a mi parecer, es la pregunta más interesante que se puede hacer respecto a este debate ¿por qué quisiéramos que la gente se interese en las ciencias?

¿Qué buscamos quiénes hablamos sobre ciencias con gente que no las practica?  ¿Que valoren las ciencias para defender nuestro derecho a investigar y estudiar o el suyo a que las instituciones produzcan conocimiento situado? En general, las respuestas a esta pregunta oscilan entre las dos posiciones y muchas veces sostienen que la búsqueda no es excluyente, que ambos derechos están interrelacionados y que no se puede comprender la importancia de lo que no se conoce y menos defenderlo. Sin embargo, ¿cómo es que la valoración a través de una explicación podría generar los instrumentos y mecanismos necesarios para una organización colectiva que se involucrara políticamente en la ciencia? Lo que sucede es que la inclusión de las ciencias en la cultura general genera una puesta en valor del conocimiento en sí mismo y sus condiciones de producción y no de su potencial emancipatorio. Así, se entiende que es importante que alguien estudie e investigue. Y apelando a los mismo recursos,  la comunidad científica queda como guardiana  respecto a los derechos que esto supone para la ciudadanía y cumple su deber informando a través de la divulgación.

Los medios de politización de la ciencia terminan reflejando los modos de la política científica. Por un lado, a nivel institucional, vemos que quienes ocupan cargos de decisión son también profesionales destacados en su área. Los puestos de poder político se deciden casi con los mismos criterios de legitimidad laboral. En la inmensa mayoría de los casos, no son producto de una trayectoria militante defendiendo los derechos de quienes hacen ciencia, sino de prestigio científico y experiencias de gestión. Muchas veces, ni siquiera se tienen en cuenta habilidades interpersonales, contactos, capacidad de negociación o ideología. Es una estructura acumulativa, en la que las mismas personas están en lo más alto de todas las cadenas de mando: dirigen grupos de investigación y a la vez institutos, laboratorios y organismos. Ante la ausencia de un sindicato específico de trabajadores y trabajadoras de la ciencia y la tecnología y la exclusión de becarios y becarias de las mesas de negocación por no ser considerados trabajadores, esto supone un conflicto de intereses que en cualquier otro campo sería escandaloso, pues son los patrones quienes acuerdan los convenios de trabajo. De la misma forma, a través de una divulgación lineal que lo único que pone a disposición de la audiencia es información, la articulación de las ciencias con las demandas populares queda a criterio de las comunidades científicas.

Sin embargo, por más perverso que esto pueda sonar, no es producto (al menos en mi opinión) de una conspiración deliberada para sostener estructuras de poder cerradas sin que nadie se queje, sino un artiilugio de semejanza con una de las bases de la estructura de la producción científica, donde el conocimiento se verifica y legitima entre pares. Como en ninguna otra empresa cultural, la calidad de las ciencias se asegura a través del escrutinio de otros especialistas, y hay grandes razones para que esto sea así. Sin embargo, las ciencias no son solo el conjunto de sus producciones formales. También incluyen decisiones políticas, sesgos contextuales, ideología, mecanismos de financiamiento y un larguísimo etcétera que básicamente lo que indica es que la cultura no puede hacerse por fuera de la cultura. Y sobre esto, es importante hacer una última apreciación sobre la divulgación.

Aunque las ciencias se verifiquen a sí mismas, es decir, que es la propia comunidad quien decide qué es ciencia y qué no y la calidad de la misma, dar una idea sobre una disciplina no es exponer sus resultados. Por un lado, porque el atractivo de algo no son las pruebas. Lo que suscita interés en un conjunto de investigaciones rara vez son sus hallazgos, sus resultados, la evidencia que aporta sobre algo. Por lo general, lo interesante de una propuesta tiene que ver con la capacidad de resolver problemas que se creían sin solución, la predicción de fenómenos nuevos o no teorizados y, por supuesto, sus aspectos estéticos . En este sentido, dar una idea acerca de una disciplina tiene más que ver con mostrar cómo se sabe lo que se sabe y qué interpretaciones circulan que con enumerar conclusiones. Y estos son componentes que exceden a los métodos de la divulgación.

En el caso de las ciencias sociales, la falla suele estar en que los productos de divugación yerran en mostrar la competencia entre paradigmas que convive en una disciplina. Si tomamos como ejemplo la divulgación de la historia, que en las últimas semanas fue centro de la polémica, vemos que por lo general produce formatos tipo narrativos en los que los hechos se dan a conocer como una sucesión interpretada por quien divulga, sin nombrar otras líneas de trabajo. Acá el problema no está en cómo se sabe lo que se sabe, ya que las fuentes suelen citarse, sino en mostrar qué interpretaciones circulan cerca de ello. En el caso de las ciencias exactas y naturales o la tecnología, el problema está en el cómo, ya que los hallazgos actuales suelen mostrarse como el producto de una acumulación lineal, donde acostumbra haber una historización selectiva en la que solo se tienen en cuenta las investigaciones pasadas que puedan relacionarse directamente con el objeto a divulgar. Esto rara vez es fiel respecto a cómo se dieron las cosas. En estos desarrollos es frecuente que haya alusiones a la invención de un concepto, algo que no sucede, dado que entre un momento y otro lo que cambia es la relación entre conceptos, entre ellos y con los elementos del mundo, dando lugar a nuevos significados y no, como se pretende, una génesis conceptual.

La divulgación habla de ciencia y no sobre ella, no transforma, traduce. Las críticas, entonces, tendrán que ver con cómo reflejan lo que esa ciencia es y no lo que contiene. Un paso más allá, podemos preguntarnos si esta es la vía de comunicación científica que queremos, porque las herramientas de la divulgación solo alcanzan para dar una idea adecuada de las discusiones y métodos de producción de las comunidades de investigación. Y en este sentido, por supuesto que su calidad será inferior a la de los materiales propios de las disciplinas. Si lo que buscamos es informar, la divulgación alcanza y debemos exigirle que muestre cómo se sabe y cómo se interpreta lo que se sabe. Si lo que pretendemos es generar participación, entonces hay que buscar formatos que no sean la simplificación del trabajo de investigación, sino su complejización a través de la explicitación de sus interrelaciones con el contexto. 

P/d: para más apreciaciones sobre alcances y métodos de la comunicación científica ver http://labarbiecientifica.com/en-el-cielo-las-estrellas-en-el-feminismo-las-espinas/