Cuarentennials

Antes que nada, primero que todo

Las reflexiones presentadas pertenecen a una comunicadora científica en condiciones de distanciamiento social y tienen por propósito explicitar una propuesta en la que se considere el conocimiento disponible sobre la situación sanitaria para deliberar sobre las nociones de respuesta comunitaria y construcción de ciudadanía.

El huevo, la gallina, el chancho, el murciélago, el virus

Desde la vaca loca hasta el coronavirus, un camino pavimentado por la gripe aviar y la porcina nos lleva a reflexionar sobre la relación entre personas y animales. Durante los últimos años, las zoonosis (enfermades transmitidas de animales a humanos), ocuparon los titulares más apocalípticos, las mentes más brillantes y las gestiones de salud pública más urgentes. Hoy, el mundo está en vilo por una pandemia que no se sabe exactamente de dónde viene, aunque la evidencia apunta al contacto con murciélagos. Y si bien pareciera que lo único que queda por hacer es intentar contener su transmisión para evitar la saturación de los servicios de salud, la falta de análisis respecto a las causas de esta catástrofe sanitaria la hacen parecer inevitable.

Tal vez la primera pregunta pertinente sea acerca de qué cambió en la relación entre especies durante las últimas décadas. Y aunque es algo complejo y multifactorial, poner el foco en la deforestación y sus consecuencias puede ayudarnos a ordenar algunos pensamientos. Se estima que entre 1990 y 2016 se han perdido 1.3 millones de kilométros cuadrados de selva y bosque. Esto no solo quiere decir que muchos animales perdieron su hábitat y se trasladaron a otras áreas, sino que como consecuencia de la actividad económica, ahora muchos humanos están en zonas otrora deshabitadas por nuestra especie. Mientras que los árboles que aún quedan en pie albergan tanto especies autóctonas como desplazadas que antes no se cruzaban, las fronteras de eso que llamamos civilización se extienden cada vez más sobre los ecosistemas, generando interacciones nuevas y abruptas en las que no hay tiempo de adapatación entre organismos. Las zoonosis surgen también como consecuencia de estas nuevas relaciones, dado que microorganismos que se desarrollaron durante muchísimo tiempo en ciertos huéspedes se encuentran de repente con otros sin respuesta inmune y encuentran una oportunidad única de propagación.

Por otro lado, la deforestación tiene efectos concretos sobre el cambio climático, principalmente al aumentar las emisiones de gases de efecto invernadero por la combustión de biomasa aunque también hay otros factores como el cambio en el balance de dióxido de carbono y oxígeno y la reflectividad del suelo. Si bien la tala indiscriminada no es la única causa del aumento de las tamperaturas, no es difícil trazar una relación entre ella, los climas cambiantes y la modificación en los hábitos de las especies. En nuestro territorio, por ejemplo, observamos que los casos de dengue se multiplican en zonas que antes no eran endémicas, en las que hoy la reproducción de mosquitos se facilita por el calor.

Además, hay que tener en cuenta que en muchos casos la deforestación está ligada a la ganadería. Esto implica no solo el desplazamiento de unas especies para la introducción de otras, sino condiciones muy especiales derivadas de la explotación intensiva del suelo, de los animales para consumo y de las personas que trabajan en este sector. Monocultivos para la alimentación del ganado, uso de agrotóxicos, hacinamiento, residuos patogénicos, trata de personas con fines de explotación agrícola y vulneración de derechos laborales son algunos de los factores a considerar respecto a la relación actual entre humanidad, el resto de los animales y el entorno.

Cuando pensamos en estos términos, rompemos uno de los primeros dogmas de la comunicación sanitaria respecto a las zoonosis, que es pensarlas como algo sobre lo que tenemos que actuar a posteriori, como si no hubiera prevención posible porque están en los animales y no en nosotros. Si bien es cierto que una vez desatada la epidemia lo único que queda por hacer es mitigar su impacto y prevenir su esparcimiento, no es cierto que sea lo único que se pueda hacer y mucho menos, que sea lo único que se deba hacer. Respecto a esto, podemos señalar al menos dos puntos interesantes. Por un lado, una conciencia individual y subjetiva de la especie humana que no se identifica como parte de nada más que lo que llamamos cultura, o el universo de las producciones humanas. El sujeto contemporáneo, al contrario que en otros momentos de la historia, ha roto con la continuidad entre si mismo y su medio. A través de la dicotomía naturaleza-cultura, no se percibe como parte del ambiente, como un tipo de animal, como un participante de un ecosistema, sino como un ente que solo produce y reproduce las condiciones dadas por sus semejantes. Por el otro, tal como señalara Mark Fisher en su ensayo Realismo capitalista, esa cultura de la que esos sujetos forman parte, ha conformado al capitalismo como una contingencia ineludible, un panorama sin alternativas en el que aún cuando consideremos las zoonosis en su dimensión sistémica no podemos más que admitirlas como un subproducto o un efecto secundario de lo insoslayable. Tenemos así un sujeto aislado en dos partes, primero respecto a sí mismo como engranaje de un bioma y segundo respecto a la comunidad en la que se desarrolla, cuyo curso de acción ya está en marcha hacia un destino inexorable.

En estos momentos, en los que el énfasis está puesto en el acatamiento de las medidas institucionales como forma de solidaridad y responsabilidad comunitaria, la única obligación de quienes nos gobiernan pareciera ser darnos instrucciones que funcionen y garantizar la infrestructura necesaria para contener la crisis. Y desde ya es su deber más inminente y prioritario. Sin embargo, ¿es la única forma de conciencia que debemos exigir? Si vemos las zoonosis y la pandemia como una falla sistémica, ¿no es también momento de reclamar por una respuesta de nuestra clase política respecto a las condiciones de explotación de los bienes comunes?

Hace ya muchos años, recuerdo haber leído en un texto sobre globalización de Romano Guardini, un historiador con el que no tengo idea si soy afín ideológicamente, algo así como que el escenario de la aldea global planteaba un «anonimato en el ejercicio del poder». Conectado con el Realismo capitalista de Fisher, esto se refiere a la sensación de que el curso de las cosas es independiente de las acciones particulares, que nadie es responsable. En este caso, hay responsabilidades muy claramente atribuidas a buenas gestiones públicas o malas, con reclamos y elogios a funcionarios puntuales que se diluyen al pensar la cuestión sistémica, pues sería ridículo achacar las consecuencias del modelo extractivista al gobierno de turno. Para salvar este escollo, la categoría clase política utilizada anteriormente puede ser útil, pues hay que pensar en un nuevo ejercicio de poder más que en nuevos sujetos de gobierno bajo la pregunta ¿si no son ellos quienes tienen la potestad para implementar nuevos modelos, entonces quiénes?

Fisher señala que la crisis ambiental y la escasez de recursos probablemente nos lleven a tener que implementar restricciones al consumo bajo algún tipo de racionamiento y que, en las condiciones actuales, subyace la posibilidad de que esto se de bajo regímenes totalitarios. Dentro de regímenes democráticos, cabe preguntarnos si la representación estará dada por la confianza en que nuestros gobernantes dispongan quién, cuánto y cómo deberá limitarse el consumo y la paz social será garantizada por el acatamiento de ello o si la representatividad dependerá del planteo de nuevos reclamos y la asignación de nuevas funciones y sentidos a la gobernanza.

El aislamiento tangible de estos días presenta muchos desafíos. El principal y eminente, por supuesto, es el de revertir, mitigar y contener la difusión del virus. Pero otro es definir si la comunidad será un ente abstracto por el que me sacrifico al quedarme en casa o una construcción dada por la reparación de lazos al plantear estrategias colectivas que situen nuevos reclamos entre las obligaciones de nuestra clase política. La superación de este confinamiento puede estar dada por la utilización de recursos de consumo para calmar las ansias individuales, o por la potenciación de este sentido de obligación para con los otros en una restauración de la conexión entre la humanidad y su entorno redefiniendo lo que entendemos por necesidad y su relción con la estructuración del deseo. ¿En qué quedó esa pregunta sobre el consumo de carne cuando fueron los incendios en el Amazonas? En definitiva, veremos si el ejercicio de la ciudadanía en cuarentena puede transformarse en una oportunidad de interpelación y una nueva noción de responsabilidad.